21.5.07

COMENTARIO BREVE SOBRE EL SUICIDIO

Ramón Sampedro, es la persona de quien se plasma los últimos días de su existencia en el filme de Alejandro Amenábar “Mar Adentro”; relato verídico de Ramón, quien vive más de 30 años postrado en una cama debido a una tetraplejia fruto de un accidente a orillas del mar.

Su movilidad y actividad en vida queda truncada de manera temprana y ahora para continuar su existencia depende totalmente de su familia, quien cree que vive “atada” a él, sin que cada quien pueda realizarse personalmente; ya que la vida de todos sus familiares giran en torno a su cuidado.

Desde el momento del accidente Ramón tiene una idea fija: morir, ya que para él vivir postrado en la cama no es una vida digna. Esta idea que mantiene alarma a quienes lo rodean: a su familia, a dos mujeres que aparecen en su vida: Julia (una abogada) y Rosa (una mujer del pueblo donde vive Ramón), a la iglesia católica representada por un sacerdote, igualmente parapléjico, a la justicia, etc.

Ninguno de los que lo rodean pueden admitir tal idea, pero él sostiene que cuando alguien se suicida nadie lo incrimina; es decir, defiende su posición al decir que el suicidio no es un delito. La única dificultad que le impide cometer dicho acto es que Ramón no es capaz de obrar en contra de su vida, por cuenta propia, debido a la inmovilidad que la lesión le ha provocado. Al final de cuentas, logrará su objetivo ayudado por varias personas; entre ellas Rosa, quien lo apoya de manera incondicional. Volveremos luego sobre este tema.

Por ahora hagamos un brevísimo repaso histórico del suicidio, que es el tema que nos atañe en este artículo. El suicidio es tan viejo como el mundo mismo, es inmanente a la esencia humana y son varios los motivos que pueden llevar a alguien a cometer un atentado contra su propio ser. Se podría decir que el primer suicida fue Caín, quien se quitó la vida acechado por la culpa del fatricidio cometido contra Abel; después tenemos una gran lista de suicidas, que van desde Sócrates hasta Kurt Cobain.

En la Edad Media el suicidio se penaba por ley, prohibiendo el entierro del cuerpo de quien cometía tal “atrocidad” y condenando el espíritu al infierno. No podemos pasar por alto la incidencia de la religión sobre el suicidio, ya que introdujo en el mundo social la concepción pecaminosa que conlleva tal acto. A finales del siglo XVII, en Inglaterra, el suicidio estaba penado por ley y todo aquel que fuera sorprendido en el acto suicida o hubiese determinación en hacerla era condenado a muerte. La primera impresión de tal condena no deja de ser graciosa: morir por intentar matarse; pero lo que se observa dentro de esa regulación era poner a la muerte (como algo real, inasimilable) dentro de las coordenadas simbólicas. Nadie podía morir sino fuese por la ley social: condenas, por causa de guerras, duelos, etc. o por la ley de la naturaleza (que obedece también a ciertas leyes menos cuestionables): enfermedad, vejez, etc. Aún así la ley social cubría a la ley natural en este caso; ya que todo muerto era enterrado, sepultado con inscripciones, registrado convenientemente el motivo y momento del deceso, etc.; es decir, se simbolizaba la muerte, aun en nuestros días y hasta siempre; ya que esto permite en cierta medida elaborar algo que por esencia es imposible de dar cuenta.

Siguiendo esta línea, apreciamos que los animales no presentan ningún tipo de reacción ante la muerte, ya sea del prójimo o del ajeno; sólo al hablante la muerte lo confronta, quizás porque no existe un significante que dé cuenta de ella y, por tanto, es algo desconocido, totalmente real.

Pero si nos remitimos a la historia nuevamente, vemos que la relación del humano con la muerte ha cambiado mucho. En épocas anteriores, uno moría con la esperanza de algo más allá de la muerte o que la muerte no era del todo en vano, uno esperaba morir dignamente y si eso ocurría no había mayor revuelo una vez llegada la hora. Por ejemplo, en el caso de Las Cruzadas, donde los soldados marchaban hacia la muerte, pero no cualquier muerte, una muerte digna; ni qué decir de la muerte por honor en los famosos duelos a espada o revólver o de los kamikazes japoneses; ejemplos tenemos bastante, pero todos referidos a épocas pasadas.

Actualmente, podemos apreciar la concepción de la muerte como un fenómeno “natural” en algunas comunidades indígenas, sobre todo las más cerradas al mundo moderno, quizás porque su vínculo con lo natural es muy estrecho: se consideran parte del conjunto llamado naturaleza y no algo aislado del conjunto.

Es Descartes el que separa al hombre de lo natural y lo ubica en la cima de la naturaleza; en el último peldaño de la creación y sólo por encima de él, Dios. ¿No provoca esto un sin-sentido sobre la relación del hombre con las cosas y ahonda la falta-en-ser estructural? Es la irrupción del discurso positivo, científico, universitario (el del saber-todo como amo), es el punto de quiebre que lleva al ser humano a buscar un sentido más allá de la naturaleza, sentido que actualmente no puede ser encontrado ni en Dios ni en nada.

Es interesante ver cómo en las comunidades campesinas de nuestro país, debido a que el discurso universitario no ha irrumpido fuertemente, la ausencia de ciertos fenómenos, obra de la incursión del capitalismo y el mercado, como, para nombrar algunas, la anorexia, la bulimia, la crisis de angustia, ¿el suicidio? No sería de extrañarse que de hacerse una investigación, de esas que fascinan a los profesionales de las ciencias sociales, llena de estadísticas y cuadros de comparación, la ausencia -no del todo- del suicidio y de otras patologías actuales. ¿Será por la vida comunitaria establecida hace mucho: en la que toda actividad “individual” es siempre”colectiva?, ¿no quiere decir eso que la estructura del discurso (del amo) mantiene y sostiene los vínculos sociales y a los sujetos en ese entramado?, ¿qué otros elementos se ponen en juego en nuestras comunidades campesinas, cada vez más devastadas por la incursión del mercado, para que ciertos fenómenos como el suicidio esté casi ausente? Siendo que el suicidio en la actualidad es un aspecto más cercano a los adolescentes, ¿tendrá alguna relación el hecho de que la adolescencia no exista en el campesinado, que un sujeto pase de niño a hombre?, ¿será sólo por la ausencia del significante “adolescente” que los niños-jóvenes no adolezcan de depresión, anorexia, bulimia, obesidad, por ejemplo? Estas interrogantes relanzan el trabajo por otros caminos de investigación que no se abordarán en este documento. Por ahora, aboquémonos al tema del suicidio y retornemos al filme que nos colabora en nuestra elucidación.

Ramón es alguien que desea morir dignamente, pero ¿qué significa dignamente, sino un rasgo de identificación con un S1 (un significante-amo desde el cual uno habla)? ¿De dónde proviene esa identificación? Lo primero que podemos decir es, que cada ser hablante tiene todo derecho de escoger cómo quiere morir, más aún si es consecuente con su deseo. Pero tropezamos con un inconveniente que tiene que ver con el discurso actual, que enuncia y proclama la vida como un valor máximo a conservar y a prolongar. ¿No es así que la serie de dietas, programas de salud, rutinas de gimnasio, alimentos cero calorías, cirugías estéticas, etc. vienen de la mano con este discurso? ¿No están todos los allegados a Ramón Sampedro atravesados por ese discurso, lo que les impide comprender la muerte como una elección, cuando de lo que se trata es de vivir lo más que se pueda? Quizá -no sin dudar- queda por fuera de este discurso del mercado el sacerdote, quien está alienado a otro tipo de discurso, de otro amo, que promulga también la conservación de la vida a pesar de cualquier penuria (véase como muestra el caso de Abraham o de Job). ¿Quizás si este sacerdote, que trata de convencer -sin éxito- a Ramón de que viva, no estuviera sostenido por el discurso de la religión también hubiese querido suicidarse, al estar en igual condición que el protagonista del filme?

Es claro, que está alienado a un discurso y la alienación, la identificación a un S1 permite tener una vida con “sentido”, permite enlazarse a un S2 (un significante cualquiera que dé sentido al ser) y así poder, todo hablante, ubicarse en el conjunto social y reconocerse como humano. No es de extrañar que Lacan reconociera el proceso de alienación como esencial para la constitución del ser humano, sea este neurótico, psicótico o perverso.

¿Pero a qué se encuentra alienado Ramón? A la muerte digna y a la idea de no vivir dignamente si se encuentra postrado sin movilidad. No olvidemos que Ramón es un sujeto amante de los viajes, toda su vida estuvo recorriendo el mundo y disfrutando de él y de su libertad aparente en contacto con el mar (una vida digna) y ahora que le es truncado ese sentido, no puede reconocerse como vivo, y nunca como libre (no por el hecho de andar, correr, viajar y disfrutar de la vida; sino porque está preso para siempre a esa identificación y a ese significante de la vida digna). ¿No tiene esto los tintes de una identificación a un ideal, de forma rígida, casi como síntoma? ¿Es que acaso no hay posibilidad para Ramón de virar de una posición de goce -porque él goza de su posición, porque tiene cuerpo- a una de deseo?

En la vida de Ramón, aparecen, como dijimos dos mujeres, y ambas quedan “encantadas” y cautivadas por la “personalidad” del sufriente. A pesar de que ambas le proponen una vida de pareja; es decir una solución por la vía del amor y el deseo, no es suficiente para que en Ramón emerja el deseo. Es más, ninguna otra propuesta se vislumbra en el horizonte como punto de deseo; Ramón está postrado, pero sobre su ideal y su identificación al mismo. Nada lo mueve de esa posición de goce, como disfrute mortífero, goce atado a un significante-uno: vivir dignamente.

¿Cuál hubiese sido el destino de Ramón si se encontraba con un analista? Ya que todos quienes intentaron que abandone su idea se lo pedían desde el campo del sentido y sabemos que un psicoanalista no se agarra de este ni lo engorda. ¿Podría el psicoanálisis lograr la caída de los S1 y permitir al sujeto un encuentro con su deseo? No cabe duda de que ese es el resultado de un psicoanálisis: la caída de las identificaciones, pero se requiere de un tiempo y de un esfuerzo por parte del sujeto. Además, ¿era el pedido que Ramón le hacía al Otro, el de morir con dignidad, sostenido por su deseo y, en ese sentido, estar siendo consecuente con su deseo haciéndose cargo del mismo y de sus actos procedentes de él? Si fuese así hubiese obrado de manera ética y responsable y no habría que condenar al respecto. Todo esto sólo podría ser develado en un análisis, pero en una situación en la que el suicidio ronda cerca, la cuestión es engorrosa.

Un analista debe intervenir no para hacer el Bien al sujeto, no para imponerle sus ideales y mucho menos para que el analizante quede identificado con el analista; debe permitir la emergencia del deseo del sujeto y la caída de todas las identificaciones que atan al sujeto a la creencia de la existencia de un Otro que posee la verdad sobre su ser. En este proceso puede suscitarse el suicidio, por supuesto, fruto o no del avance del análisis debido al deseo del analista no trabajado del todo en su propio análisis, fruto de una contingencia en la vida, fruto de haber observado un filme, en fin puede ser fruto de todo… El analista no puede saber de antemano que un sujeto quiere suicidarse ni cuándo ni cómo lo va a hacer, a pesar de escuchar de él amenazas o, aun, relatos de intentos anteriores. El analista apuesta a su saber-hacer y se empeña por proseguir la ruta del inconsciente que cada quien lleva consigo; el análisis es una posible respuesta a este tema, pero en ningún caso su cura. El suicidio es una contingencia y es tan imprevisible como cualquier otra muerte; puede ser hasta accidental: como un acting out que termina siendo un pasaje al acto. Cuestiones estas que no siempre son entendidas por el Otro social, por el Otro de la ley, para quien, por la angustia misma que provoca la muerte y, más aun, la decisión de acabar con la propia vida, un suicidio es condenable desde toda perspectiva y los próximos al suicidado plausibles de inculpación.

Lacan en el Seminario 15 sobre “El acto analítico” va a decir que el único acto al fin logrado -ya que los demás se consideran siempre fallidos- es el suicidio, y que esa posición sería la máxima expresión, ya que todo acto lo es, de negación del inconsciente, de un no-querer-saber nada del inconsciente; y quizás, siguiendo a G. Brodsky, ese sería el único motivo por el cual un psicoanalista se opondría al suicidio.

Pero, retomando la cuestión, ¿cómo respondemos los analistas ante esta imposición actual de preservar la vida? No respondemos en función de una alineación ante ese discurso pro-vida. Y nuestro lugar frente al suicidio es la misma que ante cualquier otro caso: sostener nuestra posición de psicoanalistas, autorizándonos a nosotros mismos en nuestro acto y en el deseo del analista. Cosa que no es fácilmente entendida y que puede llevar a que el peso de la ley caiga sobre nuestros hombros condenándonos a la hoguera inquisidora, en la cual sabremos que siempre quedará una respuesta no-posible de darse, un hueco en el saber y en el sentido, un real que por último, por qué no, podemos también cubrirla nosotros -los analistas- con el suicidio mismo, recurriendo a este acto por una cuestión de ética.